{"id":47797,"date":"2025-05-12T06:00:00","date_gmt":"2025-05-12T04:00:00","guid":{"rendered":"https:\/\/www.omnesmag.com\/?p=47797"},"modified":"2025-05-12T09:39:33","modified_gmt":"2025-05-12T07:39:33","slug":"la-confesion-en-tiempos-de-eficiencia","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/staging.omnesmag.com\/en\/la-confesion-en-tiempos-de-eficiencia\/","title":{"rendered":"Una nueva mirada al sacramento de la confesi\u00f3n"},"content":{"rendered":"<p>Lo que Dios da a los hombres para su salvaci\u00f3n no son donativos sino regalos. Ciertamente, los medios para la salvaci\u00f3n <em>son \u00fatiles<\/em> para alcanzarla. Pero, por encima de su utilidad para lo que podemos alcanzar est\u00e1 el hecho de que <em>hacen presente<\/em> a Dios. Mejor dicho, no son solo un recuerdo, sino que es Dios quien <em>se hace presente<\/em> en sus regalos, que son los sacramentos y la oraci\u00f3n. Desde esa admiraci\u00f3n y la expectativa de un encuentro asombroso debe considerar el cristiano la recepci\u00f3n de los sacramentos: siempre los mismos y siempre distintos.&nbsp;En este art\u00edculo nos referiremos a la <a href=\"https:\/\/teal-beaver-472417.hostingersite.com\/foco\/alegria-de-la-confesion\/\">confesi\u00f3n<\/a> proponiendo una mirada nueva. Cuando nos relacionamos con objetos, o incluso con animales, podemos prever todo lo que va a ocurrir y <em>dominar la situaci\u00f3n<\/em>. Cuando el encuentro es personal, en cambio, no todo es anticipable y hemos de estar abiertos a la escucha del otro y adecuar nuestras interacciones. Si <em>el otro <\/em>es Dios, la apertura a la sorpresa es un requisito insoslayable. No podemos acudir a los sacramentos con la expectativa de que va a ocurrir lo que ya sab\u00edamos, aunque sepamos que de la confesi\u00f3n de los pecados se obtenga el perd\u00f3n. Cada encuentro con el Creador es inefable, \u00fanico e irrepetible, incluso cuando el penitente, los pecados y el confesor sean los mismos.<\/p>\n\n\n\n<h2 class=\"wp-block-heading\"><strong>Revitalizaci\u00f3n de la confesi\u00f3n<\/strong><\/h2>\n\n\n\n<p>Juan Pablo II impuls\u00f3 la recuperaci\u00f3n de la confesi\u00f3n convocando un s\u00ednodo y publicando en 1984 la exhortaci\u00f3n apost\u00f3lica <em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/apost_exhortations\/documents\/hf_jp-ii_exh_02121984_reconciliatio-et-paenitentia.html\">Reconciliatio et paenitentia<\/a><\/em>, donde advirti\u00f3 sobre la p\u00e9rdida del sentido del pecado y reafirm\u00f3 la doctrina del sacramento de la penitencia. Como resultado, se implementaron numerosas iniciativas pastorales, como la ampliaci\u00f3n de horarios de confesi\u00f3n, la recuperaci\u00f3n del confesionario y la catequesis sobre el pecado y el perd\u00f3n.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>Actualmente, aunque la cultura de la confesi\u00f3n se ha revitalizado en los lugares donde se siguieron las propuestas del Papa polaco, la revoluci\u00f3n digital y los cambios acelerados en la sociedad plantean nuevos desaf\u00edos y oportunidades para una comprensi\u00f3n m\u00e1s profunda del sacramento. Vivimos cambios constantes que suceden a una velocidad vertiginosa. En ese sentido, podemos decir que pertenecemos a una sociedad que vive acelerada porque se debe adaptar a los cambios sin tiempo para metabolizarlos.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<h2 class=\"wp-block-heading\"><strong>La crisis posmoderna<\/strong><\/h2>\n\n\n\n<p>La presi\u00f3n de lo social y lo nuevo ha dado lugar a un sujeto <em>hiperestimulado<\/em> y, como consecuencia, analfabeto afectivo por su carencia de interioridad. Aunque hayan aumentado el grado de bienestar y la calidad de los servicios es innegable que se ha producido una crisis antropol\u00f3gica, que se manifiesta en personalidades ansiosas, heridas afectivas profundas, soledad, patolog\u00edas ps\u00edquicas y, por desgracia, una tasa de suicidios en personas j\u00f3venes desconocida en otras \u00e9pocas hist\u00f3ricas.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>La cultura del \u00e9xito ha degenerado en una relaci\u00f3n desordenada con el trabajo y en permanente competencia con los iguales. Encontramos a un sujeto <em>emotivista<\/em> y desarraigado.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<h2 class=\"wp-block-heading\"><strong>Consecuencias para la confesi\u00f3n<\/strong><\/h2>\n\n\n\n<p>Si se tiene en cuenta esta coyuntura cultural, es necesario poner el \u00e9nfasis en la consecuencia consoladora del sacramento de la confesi\u00f3n para que no se transforme en un lugar de frustraci\u00f3n personal. Seguir incidiendo en la necesidad de ser concisos y concretos en la acusaci\u00f3n de las culpas puede tener como consecuencia la profundizaci\u00f3n en el voluntarismo perfeccionista que caracteriza a los hijos de nuestro tiempo.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<h2 class=\"wp-block-heading\"><strong>Buenismo<\/strong><\/h2>\n\n\n\n<p>Por una parte, es necesario seguir profundizando en el sentido del pecado, tal como advert\u00eda Juan Pablo II. Hoy d\u00eda tendemos a considerar la libertad sin distinguir entre lo <em>natural<\/em> y lo <em>espont\u00e1neo<\/em>. Pensamos que todo lo que nos nace de dentro es <em>natural<\/em> y no nos consideramos culpables ni de malos pensamientos, ni de malas intenciones. Cuando realizamos acciones malas, buscamos <em>culpables<\/em> a los que atribuirles la causa de nuestra mala acci\u00f3n, o pensamos que cualquiera hubiera actuado igual en las circunstancias <em>que nos llevaron <\/em>a ser injustos. Esto es lo que coloquialmente se conoce como <em>buenismo<\/em>. Por ejemplo, si doy una respuesta agresiva y desproporcionada a un conductor que se me cruza indebidamente en la carretera, pensar\u00e9 que \u00e9l tiene la culpa de mi reacci\u00f3n injusta o que cualquiera hubiera hecho lo mismo.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<h2 class=\"wp-block-heading\"><strong>Utilitarismo<\/strong><\/h2>\n\n\n\n<p>Adem\u00e1s, la cultura consumista y el lenguaje utilitarista han trascendido el espacio econ\u00f3mico y mercantil y han colonizado \u00e1mbitos como la educaci\u00f3n y la propia percepci\u00f3n personal. Byung Chul-Han, por ejemplo, describe al hombre posmoderno como <em>sujeto de rendimiento<\/em>. Alguien sometido a una presi\u00f3n social de eficacia y eficiencia que le lleva a vivir frente a s\u00ed mismo seg\u00fan las exigencias sociales de excelencia en los resultados, en detrimento del bienestar personal y cuidado de las relaciones.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>De esta autovaloraci\u00f3n puede nacer una concepci\u00f3n del sacramento de la confesi\u00f3n como lugar en el que dar cuenta de la falta de rendimiento, con la expectativa de obtener motivaci\u00f3n y fuerza para seguir tratando de ser socialmente eficiente. Evidentemente, la distorsi\u00f3n que subyace en esta visi\u00f3n acerca de la percepci\u00f3n de la val\u00eda y de la vocaci\u00f3n personal genera cristianos ansiosos y frustrados por no sentirse a la altura de su vocaci\u00f3n cristiana. As\u00ed se entiende la insistencia del Papa Francisco en que la confesi\u00f3n sea lugar de misericordia y no cadalso de tortura ps\u00edquica y espiritual.<\/p>\n\n\n\n<h2 class=\"wp-block-heading\"><strong>Consumismo&nbsp;<\/strong><\/h2>\n\n\n\n<p>Adem\u00e1s, los estilos de vida consumistas se extienden a la relaci\u00f3n con los medios espirituales y dan lugar a instrumentalizaciones de los sacramentos, a los que se acude para <em>solucionar un problema<\/em> o <em>cumplir un precepto<\/em>. Se asiste a la Misa dominical como una relaci\u00f3n de intercambio que eclipsa la dimensi\u00f3n del encuentro: se cumple el precepto por las consecuencias que tiene de ganar la vida eterna, pero apenas participa de la celebraci\u00f3n del misterio de Dios, de la escucha de su Palabra, etc. Incluso se da por buena la idea de ir a Misa \u201cpara confesarse y poder comulgar\u201d.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>Algo parecido a aprovechar un <em>dos por uno<\/em>, aunque la confesi\u00f3n sea precipitada, o durante la lectura del Evangelio o incluso en la consagraci\u00f3n. Esta conducta revela que, junto a la innegable buena intenci\u00f3n del penitente, hay una profunda falta de sentido lit\u00fargico y de comprensi\u00f3n del sacramento. Se acude <em>para obtener algo<\/em> en lugar de <em>para encontrarse con alguien<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<h2 class=\"wp-block-heading\"><strong>Narcisismo<\/strong><\/h2>\n\n\n\n<p>Otra distorsi\u00f3n t\u00edpica respecto a los sacramentos de nuestra \u00e9poca es la actitud narcisista en la consideraci\u00f3n del pecado. El <em>sujeto de rendimiento<\/em> considera el pecado como un error que deber\u00eda haber evitado y reconoce no haberlo hecho. Cuando se acusa de esa falta, puede tener m\u00e1s en cuenta su imperfecci\u00f3n que la ofensa a Dios. De hecho, puede ocurrir que pida perd\u00f3n por errores que no comportan ninguna ofensa y que no tenga en cuenta pecados que nacen de la herida profunda, por el hecho de que no se hacen patentes en su conducta.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>El narcisismo nos mueve a una autorreferencialidad de la que tambi\u00e9n nos advierte el Papa Francisco, en la que no se distingue el <em>sentimiento de culpa<\/em>, que es un estado psicol\u00f3gico y personal, de la <em>conciencia de pecado<\/em> que, partiendo del sentimiento de culpa, lo refiere a la relaci\u00f3n personal con Dios y pasa del \u00e1mbito psicol\u00f3gico a la dimensi\u00f3n teol\u00f3gica de relaci\u00f3n con el Creador. Un rasgo del narcisismo es la apariencia de estar pidi\u00e9ndose perd\u00f3n a s\u00ed mismo <em>por no haber sido como deber\u00eda<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<h2 class=\"wp-block-heading\"><strong>Atrofias e hipertrofias<\/strong><\/h2>\n\n\n\n<p>Todas estas distorsiones relacionadas con el sacramento de la confesi\u00f3n revelan defectos y excesos del coraz\u00f3n del <em>sujeto de rendimiento <\/em>que quiere vivir su vida cristiana.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>El primer gran defecto es la idea misma de Dios. El cristiano tiende a considerarse alguien que <em>debe estar a la altura<\/em> de su condici\u00f3n y, al modo como lo hacen los calvinistas, atribuye al Creador una expectativa de \u00e9xito en la vida profesional, familiar, de relaci\u00f3n y evangelizadora, a partir de la cual juzgar\u00e1 su crecimiento en santidad personal. Esta visi\u00f3n equivocada de Dios termina en un estado de acedia espiritual por desesperanza o en una rigidez perfeccionista pusil\u00e1nime, que reduce sus luchas a aquello que puede controlar.<\/p>\n\n\n\n<p>El segundo defecto es la concepci\u00f3n de la gracia de Dios como una ayuda extr\u00ednseca para <em>conseguir hacer el bien<\/em> que uno no puede hacer con sus fuerzas. Una especie de vitamina espiritual con la que alcanzar cotas m\u00e1s altas de santidad. Esto da lugar a una frustraci\u00f3n de fondo al comprobar que la frecuencia de sacramentos no mejora los resultados que se obtienen. Entonces se angustia pensando que su problema es la falta de fe, porque no conf\u00eda en ellos con suficiente intensidad. Como, evidentemente, la gracia no sustituye a la libertad y tampoco es lo que el <em>sujeto de rendimiento<\/em> supone, termina claudicando y tratando de sintetizar su sentido religioso y su desesperanza, con formas incoherentes de comportamiento que agravan m\u00e1s la crisis. Finalmente, se traduce en un cristianismo de <em>forma <\/em>que oculta un <em>agnosticismo<\/em> de fondo.<\/p>\n\n\n\n<h2 class=\"wp-block-heading\"><strong>Angustia y fragilidad del cristiano<\/strong><\/h2>\n\n\n\n<p>Los excesos del <em>sujeto de rendimiento<\/em> en su relaci\u00f3n con Dios se pueden sintetizar en uno: el miedo. Por eso acude a la confesi\u00f3n de forma ansiosa, superficial, reiterativa e instrumental. Le angustian sus pecados y se los quiere quitar como quien lava una mancha que vuelve a aparecer. El rito de la confesi\u00f3n se le hace prescindible y repite las palabras como si fuera una f\u00f3rmula m\u00e1gica para obtener el resultado que espera. Tampoco busca abrir el alma para mostrarla a Cristo, sino solo decir aquello que le aflige esperando <em>las palabras m\u00e1gicas<\/em> de la absoluci\u00f3n, para <em>volver a empezar de cero<\/em>.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>Ante esta fragilidad Dios no permanece indiferente. El amor por sus hijos le pone alerta y le inclina a favor de ellos. Como la incapacidad y desamparo de un ni\u00f1o peque\u00f1o suscita en sus padres toda la ternura que les mueve a un cuidado constante e incondicional. La pregunta que hace Dios al hombre no es <em>qu\u00e9 has hecho<\/em> sino <em>qu\u00e9 te pasa<\/em>. Esta distinci\u00f3n es crucial para entender la confesi\u00f3n, porque lo que nos pasa lo conocemos a trav\u00e9s de los s\u00edntomas, que se manifiestan en lo que hemos hecho. Pero la confesi\u00f3n no es una rendici\u00f3n de cuentas sobre lo que hemos hecho mal, sino la b\u00fasqueda del <em>qu\u00e9 me pasa<\/em> a partir de <em>lo que he hecho<\/em>.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<h2 class=\"wp-block-heading\"><strong>Del pecado a la herida<\/strong><\/h2>\n\n\n\n<p>En otras palabras, hace falta distinguir (sin separar) el pecado de la herida para entender que, en la confesi\u00f3n, Dios perdona los pecados que confesamos, pero besa las heridas de sus hijos y se queda con ellos. Los pecados se perdonan pero las heridas permanecen y Dios en ellas. Por eso, la expectativa de la confesi\u00f3n no es que alg\u00fan d\u00eda llegaremos a evitarlos, sino la de transformar el pecado en lugar de encuentro amoroso. Como la enfermedad del ni\u00f1o es el motivo por el que los padres vinculan con \u00e9l de modo m\u00e1s tierno, profundo e incondicional, Dios nos quiere como un Padre que tiene lazos m\u00e1s estrechos con sus hijos m\u00e1s necesitados.<\/p>\n\n\n\n<p>No debemos entender el pecado como una ofensa que podamos infligir directamente a Dios. Existe un abismo entre su Ser y el nuestro. Por grandes e intensos que sean nuestros pecados, no llegan a <em>da\u00f1ar<\/em> el ser de Dios. El motivo por el que existe la ofensa es que el amor siempre espera respuesta. No es verdad que amar sea sin dar nada a cambio. Por ser una relaci\u00f3n, siempre tiene la esperanza de una reciprocidad. Es verdad que el amor verdadero se da aunque no reciba nada a cambio, pero eso no significa que no lo espere. En eso consiste precisamente la vulnerabilidad del amante: se expone gratuitamente a la posibilidad de ser rechazado o de no ser correspondido. Es la misma l\u00f3gica del regalo: quien lo hace espera que al otro, al menos, le guste o le alegre. La indiferencia o rechazo del regalo producen la ofensa al donante. El pecado como ofensa a Dios consiste en rechazar o no acoger el amor que nos ofrece. Al dar regalos, Dios se da a s\u00ed mismo, como dec\u00edamos al principio de este art\u00edculo. En eso consiste su vulnerabilidad.<\/p>\n\n\n\n<h2 class=\"wp-block-heading\"><strong>La actitud correcta<\/strong><\/h2>\n\n\n\n<p>Por tanto, el modo justo de acudir a la confesi\u00f3n es como quien se dispone a recibir un regalo precioso de alguien que le quiere mucho. Eso motiva la confesi\u00f3n de los pecados -tras un buen examen de conciencia, con la oportuna distinci\u00f3n en n\u00famero y especie de los mortales, etc.- y la apertura del coraz\u00f3n para acoger el amor que Dios ofrece. As\u00ed se supera la visi\u00f3n <em>legalista<\/em> de la mera rendici\u00f3n de cuentas y las atrofias e hipertrofias a las que nos refer\u00edamos m\u00e1s arriba.<\/p>\n\n\n\n<p>El <em>buenismo <\/em>ha dado lugar a una confusi\u00f3n t\u00edpica de nuestra \u00e9poca, que consiste identificar el pedir disculpas con pedir perd\u00f3n. A estas expresiones se las da por sin\u00f3nimas, cuando en realidad tienen significados opuestos. <em>Dis-culparse<\/em> es reconocer un da\u00f1o causado a alguien, pero solicitar que no se le impute porque ha tenido lugar por motivos ajenos a la voluntad del donante. Uno se disculpa cuando llega tarde a una cita a causa de un atasco, o de un deficiente funcionamiento de los servicios de transporte, etc. Quien pide disculpas est\u00e1 solicitando algo a lo que tiene derecho: pues si no tuvo culpa no se le puede imputar. Es justo que se le conceda.<\/p>\n\n\n\n<p>Por el contrario, pedir perd\u00f3n nace del reconocimiento de una culpa que s\u00ed es imputable al agente. Quien pide perd\u00f3n est\u00e1 suplicando que se le conceda algo que no merece, pues actu\u00f3 injustamente por negligencia o dolo. De forma que se sit\u00faa en una situaci\u00f3n de inferioridad y apela a la grandeza de coraz\u00f3n del ofendido. Solo se lo podr\u00e1 otorgar si le tiene un amor <em>por encima de sus culpas<\/em> y acepta con generosidad remitirle la culpa y cancelar el rencor y el deseo de venganza, aunque la ofensa pueda haber dado lugar a un da\u00f1o irreparable. Quien pide perd\u00f3n se humilla porque no reclama algo que le corresponde, sino un bien que suplica.<\/p>\n\n\n\n<h2 class=\"wp-block-heading\"><strong>El drama del buenismo<\/strong><\/h2>\n\n\n\n<p>El <em>buenista<\/em> entiende que las causas de sus malas acciones est\u00e1n fuera de \u00e9l porque, como hemos explicado antes, confunde la causa con el detonante. Esto le lleva a considerar la petici\u00f3n de perd\u00f3n como una posici\u00f3n de debilidad intolerable y la petici\u00f3n de disculpas necesita llenarla de argumentos, por lo que no pone el acento en la ofensa sino en la buena intenci\u00f3n que le disculpan. Su tranquilidad proviene m\u00e1s de su propio prop\u00f3sito de no reincidir en el da\u00f1o que en el amor de quien le perdona. Por eso la confesi\u00f3n manifiesta y promueve su inmaduro voluntarismo, en lugar del abandono real en la misericordia de Dios.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>Arrodillarse ante Dios, mostrar las heridas y acusarse de los pecados cometidos es profundamente consolador porque uno siempre encuentra el coraz\u00f3n de Dios dispuesto al perd\u00f3n y a la transformaci\u00f3n. Dios no nos quiere por aquello que hacemos bien sino porque somos sus hijos y nos dejamos querer. En nuestra lucha por hacer cosas buenas reconoce nuestra buena voluntad y se conmueve, pero no necesita de ellas para querernos. Le importa m\u00e1s que nos dejemos querer tal como somos, sin crear una imagen de nosotros mismos sobre la base de los que, supuestamente, <em>deber\u00edamos ser<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<h2 class=\"wp-block-heading\"><strong>Ser realmente bueno<\/strong><\/h2>\n\n\n\n<p>Quien se conoce con suficiente profundidad y madurez sabe de su precariedad respecto al deseo de plenitud, agravado por la infecci\u00f3n del pecado, que se manifiesta en la desviaci\u00f3n de la intenci\u00f3n y de las motivaciones que lr mueven, incluso cuando act\u00faa bien. As\u00ed, no se sorprende de hacer cosas <em>aparentemente <\/em>buenas pero que, por estar realizadas con mala intenci\u00f3n o por motivos injustos, no le llevan a ser mejor persona sino a empeorar. Esta distinci\u00f3n entre <em>hacer algo bien<\/em> y <em>ser bueno<\/em> es tambi\u00e9n crucial para entender la confesi\u00f3n.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>Los reproches de Jes\u00fas a los fariseos que aparecen en el Evangelio son, en su mayor\u00eda, porque realizan buenas acciones, pero su coraz\u00f3n no es bueno. Los motivos son de vanidad, de ejercicio de poder o de desprecio a otro, incluso en el cumplimiento de sus deberes o en el ejercicio del culto. Al contemplar sus buenas obras se sienten dignos de m\u00e9rito y de la benevolencia de Dios. Sin embargo, Jes\u00fas dirige a ellos las peores invectivas e insultos: raza de v\u00edboras, sepulcros blanqueados, \u00a1ay de vosotros, fariseos hip\u00f3critas!, etc.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>Indudablemente el cristiano ha de esforzarse por hacer cosas bien y cuidar del mundo y de los dem\u00e1s. Sin embargo, no debe cifrar en eso su santidad o su cercan\u00eda a Dios. Es necesario que conozca la desviaci\u00f3n de sus motivaciones e intenciones al hacer cosas malas, indiferentes o buenas y que se d\u00e9 cuenta de que esa distorsi\u00f3n malogra la bondad personal que pretende en su acci\u00f3n. Ah\u00ed su fragilidad y la infecci\u00f3n de la herida necesita de la compa\u00f1\u00eda y de una transformaci\u00f3n que solo Dios puede obrar.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<h2 class=\"wp-block-heading\"><strong>Belleza tras el dolor<\/strong><\/h2>\n\n\n\n<p>Precisamente en esa consideraci\u00f3n de su falta de belleza interior encontrar\u00e1 a Cristo en su pasi\u00f3n como <em>-el m\u00e1s bello de los hombres-&nbsp; <\/em>(Sal. 45, 3), cuya belleza ha sido eclipsada por el dolor (Is 53, 2). Jes\u00fas encarna al comerciante de perlas finas que, al encontrar una de gran valor, vende todo cuanto tiene y compra esa perla (Mt 13, 45-47). Su <em>vender todo cuanto ten\u00eda<\/em> es el abajamiento del Verbo de Dios a su condici\u00f3n de hombre y adem\u00e1s humillado hasta la muerte (Flp 2, 5) y la perla de gran valor es el coraz\u00f3n del pecador.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>El penitente que acude con esa visi\u00f3n a la confesi\u00f3n busca sentirse as\u00ed valorado por el mismo Dios hecho hombre, a pesar de los pecados que empa\u00f1an esa perla que es su coraz\u00f3n. Se goza en la misericordia inasequible a la desesperanza del mismo Creador. Deja que sea el amor de Dios el que le considere <em>bueno<\/em> a pesar de todo el mal realizado. De ese asombro agradecido nacer\u00e1 un natural esfuerzo por hacer cosas bien, pero no cifrar\u00e1 en el resultado de su empe\u00f1o su val\u00eda ante Dios.<\/p>\n\n\n\n<h2 class=\"wp-block-heading\"><strong>El verdadero yo<\/strong><\/h2>\n\n\n\n<p>El perfeccionismo nos lleva a juzgarnos seg\u00fan una imagen idealizada de nosotros mismos, generando insatisfacci\u00f3n. Si bien es natural aspirar a la plenitud, la madurez implica aceptar la realidad con autenticidad, tal como nos ve Dios, quien no exige perfecci\u00f3n ni eficiencia. La verdadera madurez no consiste en fingir un est\u00e1ndar inalcanzable, sino en presentarnos con honestidad, entendiendo que errar y no alcanzar todas nuestras metas no es una ofensa.<\/p>\n\n\n\n<p>La materia de confesi\u00f3n no son tanto las equivocaciones como la ruptura de los v\u00ednculos con Dios o con los dem\u00e1s. Es decir, el desorden de los amores. La imagen irreal de s\u00ed mismo hace que el penitente no se pueda encontrar con Dios porque \u00e9l mismo est\u00e1 ausente en ese encuentro. No comparece \u00e9l sino una imagen falsa de s\u00ed mismo. Ah\u00ed no hay encuentro, sino apariencia. Por eso tampoco hay consuelo, sino angustia.<\/p>\n\n\n\n<h2 class=\"wp-block-heading\"><strong>Examinar la conciencia<\/strong><\/h2>\n\n\n\n<p>Las preguntas que se ofrecen como examen de conciencia pueden servir como las muletas a quien est\u00e1 cojo. Son un subsidio v\u00e1lido para el que no tiene destreza o h\u00e1bito en el trato con Dios, pero son in\u00fatiles o incluso contraproducentes para quien est\u00e1 sano. Usar muletas cuando se puede caminar bien reduce el paso e impide un movimiento arm\u00f3nico del cuerpo.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>De igual forma, quien examina su conciencia a partir de una lista de pecados no alcanza a las motivaciones e intenciones que dieron lugar a acciones aparentemente buenas, pero que ensuciaron su coraz\u00f3n y resquebrajaron v\u00ednculos personales.<\/p>\n\n\n\n<h2 class=\"wp-block-heading\"><strong>Del sentido de culpa a la conciencia de pecado<\/strong><\/h2>\n\n\n\n<p>El sentido de culpa ha de ser sometido a examen, en eso consiste el discernimiento, a partir de las relaciones personales significativas. Es decir, pasar del sentido de culpa a la conciencia de pecado, por la ofensa a Dios o a los dem\u00e1s que puede revelar (o no) ese sentimiento de culpa.<\/p>\n\n\n\n<p>El cristiano posmoderno est\u00e1 afectado por heridas afectivas y tensiones internas, sometido a ritmos de trabajo y de vida que superan su capacidad de adaptaci\u00f3n e inmerso en una cultura de competencia contra sus iguales. Corre el peligro de interpretar en clave individualista y narcisista su relaci\u00f3n con Dios y, como consecuencia, acudir a los medios de salvaci\u00f3n con mentalidad y expectativas que no responden a la misericordia de Dios.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<h2 class=\"wp-block-heading\"><strong>Pastoral de una confesi\u00f3n sanadora<\/strong><\/h2>\n\n\n\n<p>Existe una emergencia de replantear la evangelizaci\u00f3n sin menoscabo de la integridad del dogma y de la doctrina cat\u00f3lica, sino esclareciendo aspectos del misterio de la relaci\u00f3n de Dios con los hombres que hagan justicia al amor de Dios por los hombres: \u201c<em>Nosotros hemos conocido y cre\u00eddo en el amor que Dios nos tiene\u201d<\/em> (1 Jn 4, 16). Esta emergencia pasa por una pastoral muy centrada en Jesucristo, que prime la relaci\u00f3n sobre el intercambio, que dote de sentido lit\u00fargico profundo a los fieles y que se apoye en una antropolog\u00eda en la que el <em>ser<\/em> es antes que el <em>estar<\/em>, y el <em>estar<\/em> antes que el <em>hacer<\/em>. El fiel no debe buscar <em>algo<\/em> en Dios, sino a <em>alguien<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<h2 class=\"wp-block-heading\"><strong>El rito como esplendor de la misericordia<\/strong><\/h2>\n\n\n\n<p>Lo mismo ocurre cuando un hombre le pide matrimonio a su novia. No basta la informaci\u00f3n. Hay que expresar la intensidad e importancia del momento en un paisaje adecuado, arrodill\u00e1ndose, ofreciendo un anillo, etc. Estas acciones permiten experimentar intensa y vitalmente la uni\u00f3n afectiva y proyectiva de esas personas. El rito de la confesi\u00f3n, al igual que el de la Misa, es una bella gestualizaci\u00f3n del encuentro entre el penitente y Dios. Se toman palabras de encuentros entre san Pedro y Jes\u00fas que marcaron biogr\u00e1ficamente la vida del primer Papa. El penitente, arrodillado, escucha del sacerdote que el acontecimiento de su perd\u00f3n ocurre en su propio coraz\u00f3n. Adem\u00e1s, la f\u00f3rmula de la absoluci\u00f3n apela a la Trinidad, a la Virgen, a los santos, etc., y se imparte en el nombre del Padre y del Hijo y del Esp\u00edritu Santo. El mismo nombre en el que fuimos bautizados. Todas esas frases no son un protocolo que hay que cumplir, sino la expresi\u00f3n simb\u00f3lica del acontecimiento del encuentro. Vale la pena preparar la confesi\u00f3n desde esas escenas del evangelio tan expresivas y meditando la f\u00f3rmula de la absoluci\u00f3n. En ese contexto, la confesi\u00f3n de los pecados resulta gozosa y consoladora, porque el penitente experimenta el perd\u00f3n de las ofensas y el beso en sus heridas. Sale confortado, consolado y deseoso de vivir siempre unido a su Se\u00f1or.<\/p>","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Lo que Dios da a los hombres para su salvaci\u00f3n no son donativos sino regalos. Ciertamente, los medios para la salvaci\u00f3n son \u00fatiles para alcanzarla. Pero, por encima de su utilidad para lo que podemos alcanzar est\u00e1 el hecho de que hacen presente a Dios. 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