En la novela El idiota (parte III, cap. 5) que Dostoievski escribe entre 1867 y 1869 āerrante por Europa con su segunda esposa para huir de sus acreedoresā se pregunta por labios del ateo Ippolit si es la belleza la que salvarĆ” al mundo. Leemos: āāĀæEs cierto, prĆncipe, que usted dijo en cierta ocasión que el mundo serĆ” salvado por la ābellezaā Ā”SeƱores āvociferó dirigiĆ©ndose a todosā, el prĆncipe asegura que la belleza salvarĆ” al mundo! Y yo por mi parte aseguro que si se le ocurren esas ideas peregrinas es porque estĆ” enamorado. […] ĀæQuĆ© belleza salvarĆ” al mundo?ā El prĆncipe āque es un ejemplo de mansedumbreā fijó en Ć©l los ojos y no respondióā.
Por su parte, Zósima, el sabio sacerdote de Los hermanos Karamazov, al relatar que en su juventud recorrió Rusia con otro monje, pidiendo limosna para su monasterio, recuerda cómo a sus ojos se manifestaba Dios en la belleza: āAquel joven y yo Ć©ramos los Ćŗnicos que no dormĆamos, hablando de la belleza del mundo y su misterio. Cada hierba, cada escarabajo, una hormiga, una abeja dorada, todos interpretaban su papel de manera admirable, por instinto, y atestiguaban el misterio divino, pues lo cumplĆan continuamenteā. Zósima y el joven hablan de la huella de Dios en sus criaturas. La escena concluye: āĀ”QuĆ© buenas y maravillosas son todas las obras de Dios!ā.
En el espĆritu complejo y apasionado de Fiódor Dostoievski luchan y se enfrentan la fe y la incredulidad; cada uno de estos dos polos tendrĆ” eco en la personalidad de sus creaciones literarias, especialmente en Los hermanos Karamazov, que constituye una sĆntesis de la perplejidad y el conflicto interior de Dostoievski y que es muy probablemente la cima de su madurez y de su labor creadora. āLa cuestión mĆ”s importante que examinarĆ© en todos los capĆtulos de este libro es precisamente lo que, consciente o inconscientemente, me ha hecho sufrir toda mi vida: la existencia de Diosā (A. Gide, Dostoievski a travĆ©s de su correspondencia, 1908, p. 122).
Este asombroso escritor, el gran novelista de la Rusia de los zares, que atravesó conflictos polĆticos, revoluciones violentas, cĆ”rceles inhóspitas, con una existencia cercada por limitaciones materiales, puede, no obstante, entender la paz que habita en las pĆ”ginas de un texto.
GarcĆa Lorca lo recordaba asĆ en 1931: āCuando el insigne escritor ruso Fiódor Dostoievski [ā¦] estaba prisionero en Siberia, alejado del mundo, entre cuatro paredes y cercado por desoladas llanuras de nieve infinita, y pedĆa socorro en carta a su lejana familia, solo decĆa: āĀ”Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!ā. TenĆa frĆo y no pedĆa fuego, tenĆa una terrible sed y no pedĆa agua: pedĆa libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espĆritu y del corazónā.
En su vida de lucha apasionada y de bĆŗsqueda prolongada en el tiempo, trata de expresar una de las cuestiones mĆ”s lacerantes de su existencia: si Dios existe, cómo hacer para probarlo. āDostoievski intentarĆ” en vanoā āescribe AndrĆ© Gideā ārevelar al mundo un Cristo ruso, que el mundo desconoceā, el Cristo que lo acompaƱa desde su niƱez y el Cristo que tiene retratado en su alma.
Las obras de Dostoievski estĆ”n repletas de vida. Como indica tambiĆ©n Gide, Dostoievski es āduro y tesonero en el trabajo, se afana en las correcciones, desmocha sus escritos y tenazmente los reconstruye, pĆ”gina tras pĆ”gina, hasta infundir en todas ellas, la intensidad de su almaā. Dostoievski ha retratado vidas marginales y abyectas, se ha metido en los laberintos mĆ”s complejos de la condición humana y desde allĆ nos ha devuelto una mirada de compasión.
El creador de personajes marginales nunca condena a sus personajes, nunca los juzga, sino que los entiende en toda su magnitud y en su miseria, intentando otorgar un sentido al sufrimiento para dar un sentido a la vida misma. āDostoievski escribió: Solo temo una cosa, no ser digno de mi sufrimientoā, recordaba Viktor Frankl en El hombre en busca de sentido (p. 96).
El silencio de Dios, la inquietud por encontrarlo, ese punto en el que el espĆritu se deshace en un pleito interno permanente, como aquel grito de Kinlov en Los hermanos Karamazov: āToda la vida me ha atormentado Diosā, que no es sino el grito del propio Dostoievski, a quien se le escapa de lo profundo de su ser. Pero asĆ como el silencio de Dios no se opone a su Palabra, tampoco la ausencia se opone a su Presencia. Como exclama Dimitri Karamazov: āEs terrible que la belleza no solo sea algo espantoso, sino, ademĆ”s, un misterio. AquĆ lucha el diablo contra Dios, y el campo de batalla es el corazón del hombreā.
En el tiempo presente de luces y de sombras, la lectura de Dostoievski lleva a comprender mejor las angustias que tantas veces se ciernen sobre los corazones de muchos seres humanos y quizĆ”s a concluir que es la Belleza la que salvarĆ” al mundo. En palabras del cardenal Ratzinger en RĆmini (2002): āEs bien conocida la famosa pregunta de Dostoievski: āĀæNos salvarĆ” la Belleza?ā. Pero en la mayorĆa de los casos se olvida que Dostoievski se refiere aquĆ a la belleza redentora de Cristo. Debemos aprender a verlo. Si no lo conocemos simplemente de palabra, sino que nos traspasa el dardo de su belleza paradójica, entonces empezamos a conocerlo de verdad, y no solo de oĆdas. Entonces habremos encontrado la belleza de la Verdad, de la Verdad redentora. Nada puede acercarnos mĆ”s a la Belleza, que es Cristo mismo, que el mundo de belleza que la fe ha creado y la luz que resplandece en el rostro de los santos, mediante la cual se vuelve visible su propia luzā.