Para la mentalidad europea es muy difĆcil de entender que haya paĆses en los que portar armas sea legal. AquĆ no disparamos balas, pero sĆ nos creemos con el derecho a disparar palabras. DirĆ”n que hay mucha distancia entre una cosa y la otra, pero yo no las veo tan lejos.
Todos tenemos experiencia de que hay palabras que matan, hay publicaciones en redes sociales que destrozan a las personas; hay artĆculos periodĆsticos que buscan humillar, pisotear, ridiculizar o desprestigiar; hay entrevistas en radio y televisión que solo pretenden hacer espectĆ”culo, acorralar y hacer sonar un gran Ā«zascaĀ» a alguien. Y no me refiero, obviamente a la necesaria función social de la prensa de ser vigilante de los poderes denunciando las injusticias y a los injustos, sino a quien hace del linchamiento un show con el fin de ganar dinero, influencia, seguidores o, lo que es peor, por puro placer.
Quienes asĆ actĆŗan, se refugian en el derecho a la libertad de expresión, pero, en mi opinión, sus razones estĆ”n tan pervertidas como las de la asociación del rifle cuando alega el derecho a la legĆtima defensa para promover el uso de armas de fuego desde la infancia. Toda carrera armamentĆstica se justifica por la necesidad de defenderse, de armarse mĆ”s que el enemigo y, asĆ, llamamos Ā«disuasivoĀ» al arsenal nuclear disponible capaz de destruir el planeta y asolar la humanidad sin necesidad de que caiga un meteorito como el que acabó con los dinosaurios.
Que la violencia verbal puede acabar en violencia fĆsica en determinadas circunstancias lo sabe cualquiera que tenga un poco de calle. Por eso me preocupa que haya quien use los medios de comunicación, sobre todo si se definen como católicos, para insultar, difamar y sembrar cizaƱa. ĀæNo entienden el alcance de sus actos, la reacción en cadena que provocan y el escĆ”ndalo que llegan a producir?
No podrĆa haber sido mĆ”s claro JesĆŗs cuando condenó seriamente esa actitud diciendo aquello de: Ā«HabĆ©is oĆdo que se dijo a los antiguos: āNo matarĆ”sā, y el que mate serĆ” reo de juicio. Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano serĆ” procesado. Y si uno llama a su hermano āimbĆ©cilā, tendrĆ” que comparecer ante el SanedrĆn, y si lo llama ānecioā, merece la condena de la gehenna del fuegoĀ».
ĀæDe verdad que uno se hace merecedor del infierno solo por llamar imbĆ©cil a alguien? Ā”Vaya exageración! Algo de lo explicado anteriormente verĆa JesĆŗs cuando lo dijo, porque lo que estĆ” en el corazón es lo que guĆa luego nuestros actos.
El 1 de junio celebramos la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, coincidiendo con la solemnidad de la Ascensión del SeƱor, porque, antes de ascender al cielo, Ćl nos invitó a ser sus testigos Ā«hasta el confĆn de la tierraĀ» y los medios de comunicación tienen precisamente ese poder para llevar la Buena Noticia a todo el mundo. UsĆ©moslos para el bien, tanto los profesionales que tenemos una responsabilidad, pues se nos ha entregado el gatillo en forma de teclado, micrófono o cĆ”mara; como los usuarios que tienen en sus mandos o en su barra de marcadores de favoritos la llave para dar o quitar la autoridad a quien hace mal uso de ese botón nuclear.Ā
Uno de los primeros mensajes del papa Leo XIV, iba precisamente en esta lĆnea. Fue en el encuentro con los periodistas que habĆan cubierto el cónclave a quienes les dijo: Ā«Desarmemos la comunicación de cualquier prejuicio, rencor, fanatismo y odio; purifiquĆ©mosla de la agresividad. No sirve una comunicación estridente, de fuerza, sino mĆ”s bien una comunicación capaz de escucha, de recoger la voz de los dĆ©biles que no tienen voz. Desarmemos las palabras y contribuiremos a desarmar la tierra. Una comunicación desarmada y desarmante nos permite compartir una mirada distinta sobre el mundo y actuar de modo coherente con nuestra dignidad humanaĀ».
No nos llama, por tanto, el Papa solo a desarmar nuestras palabras en el sentido de cuidar de que no hieran a nadie sino, a lo que es mucho mĆ”s difĆcil, a hacerlas desarmantes. ĀæY cómo se hace eso? Pues no devolviendo mal por mal, respondiendo con paz a quien pretende iniciar una batalla verbal, valorando lo bueno de quien puede no caernos del todo bien o puede estar en nuestras antĆpodas ideológicas… Ā«La paz estĆ© con todos vosotrosĀ». Este fue el primer saludo del reciĆ©n elegido Papa desde el balcón de San Pedro. OjalĆ” seamos capaces de transmitirlo, siempre, Ā«hasta el confĆn de la tierraĀ».