En el tercer año de la pandemia, cuando quizá podemos pararnos a reflexionar sobre cuál deberĂa ser la especĂfica contribuciĂłn cristiana a esta crisis, nos puede servir de maestra la historia, pues antes que nosotros, cuando los conocimientos mĂ©dicos eran aĂşn rudimentarios, ya habĂa quiĂ©n tenĂa una idea muy clara de cĂłmo aprovechar las ocasiones.
En el año 165, una epidemia de viruela devastĂł el imperio romano, incluido el propio emperador Marco Aurelio. Provocaban las pestes cifras altĂsimas de mortalidad -hasta un tercio de la poblaciĂłn- pues afligĂan a personas que nunca habĂan pasado esas enfermedades. Los historiadores modernos se refieren a estas epidemias como una de las posibles causas de la decadencia de Roma, junto al descenso de la natalidad.
Un siglo despuĂ©s, en el 251 llegĂł otra epidemia de sarampiĂłn, que afligiĂł tanto las zonas rurales como las ciudades. En los picos de mayor difusiĂłn se cuenta que, sĂłlo en la ciudad de Roma, morĂan 5000 personas al dĂa. De esta segunda epidemia, tenemos testimonios de la Ă©poca, sobre todo de fuentes cristianas. Cipriano escribe desde Cartago en el 251 que “muchos de los nuestros tambiĂ©n mueren de esta epidemia”, y Dionisio -obispo de AlejandrĂa- escribe en su mensaje pascual que “ha caĂdo sobre nosotros esta epidemia, más cruel que cualquier otra desgracia”.
La medicina era rudimentaria e incapaz de ofrecer algĂşn tratamiento eficaz, lo que provocaba el abandono de los enfermos y el aislamiento por miedo al contagio. El mismo Galeno se refiere muy por encima a la primera de estas epidemias pues, una vez que consiguiĂł sobrevivir, escapĂł de Roma y se refugiĂł en una villa de campo, en el AsĂa Menor.
Y, sin embargo, los Padres de la Iglesia se refieren a estas pestes en un modo sorprendentemente positivo, como un regalo para la purificaciĂłn y desarrollo de la causa cristiana, con reflexiones cargadas de esperanza y hasta de entusiasmo. En contraste con el abandono de los paganos a los enfermos, el amor al prĂłjimo se llevĂł a extremos de heroĂsmo, y esto determino un notable crecimiento del nĂşmero de cristianos y, sorprendentemente, un porcentaje de supervivencia mucho más elevado que entre la poblaciĂłn pagana.
Este es el contexto de la carta del obispo de Cartago, Cipriano, en el 251: “Junto a los injustos mueren tambiĂ©n los justos, y esto no sucede para que pensĂ©is que la muerte sea el destino comĂşn de buenos y malos. Los justos son llamados al descanso eterno y los injustos arrastrados al suplicio (…). QuĂ© oportuno y necesario que esta epidemia, esta peste, que parece horrible y letal, pongan a prueba el sentido de justicia de cada uno, que examine los sentimientos del gĂ©nero humano; este flagelo va a demostrar si de verdad los sanos se ponen al servicio de los enfermos, si los parientes aman a sus familiares como se debe, si los cabezas de familia tienen compasiĂłn de sus siervos enfermos, si los mĂ©dicos no abandonan a sus enfermos…. Y si esta circunstancia funesta no hubiese traĂdo otra consecuencia, ya nos ha servido a nosotros cristianos y a los siervos de Dios por el hecho de empezar a desear ardientemente el martirio, al tiempo que se aprende a no tener miedo a la muerte. Para nosotros, estos eventos son ejercicios, no lutos: ofrecen al alma la corona de la firmeza y nos preparan a la victoria gracias al desprecio a la muerte. (…) Nuestros hermanos han sido liberados del mundo gracias a la llamada del Señor, pues sabemos que no los hemos perdido definitivamente, sino que han sido sĂłlo enviados por delante y nos preceden, como sucede a los que viajan o se embarcan. Estos queridos hermanos tienen que ser buscados con el pensamiento, no con el lamento (….). A los paganos, además, no se les debe ofrecer una ocasiĂłn de merecida burla si lloramos como muertos y perdidos para siempre a aquellos que afirmamos que viven en Dios”.
Unos años despuĂ©s, Dionisio, obispo de AlejandrĂa, escribe en su carta pascual: “la mayor parte de nuestros hermanos, sin ningĂşn reparo por ellos mismos, en un exceso de caridad y de amor fraterno, uniĂ©ndose os unos a los otros, visitaban sin preocupaciĂłn a los enfermos sirviĂ©ndoles de un modo maravilloso, los socorrĂan en Cristo y morĂan alegremente con ellos. Contagiados de la enfermedad de los otros, atraĂan la enfermedad del prĂłjimo y asumĂan con gozo los sufrimientos. Muchos, despuĂ©s de haber cuidado y dado fuerzas a los demás, acababan muriendo ellos mismos. (…) Los mejores entre los nuestros perdieron asĂ la vida: algunos presbĂteros, diáconos y laicos fueron justamente alabados, hasta el punto de que este tipo de muerte, fruto de grande piedad y fe valiente, no pareciĂł para nada inferior al martirio”.
“Completamente opuesta -escribe Eusebio de Cesarea- era la conducta de los paganos: ellos alejaban a los que comenzaban a enfermar, evitaban las personas queridas, echaban a la calle a los moribundos, trataban como basura a los cadáveres sin sepultar, buscando escapar de la difusión y contagio de la muerte, que no era fácil alejar a pesar de todas las precauciones”.
No exageraba sobre el contraste de la actitud de los cristianos, que no dejaban de acudir a los enfermos con riesgo de la propia vida. Un siglo después, Juliano (el apóstata) lanzó una campaña para instituir iniciativas de imitación de la caridad cristiana.
En una carta al sumo sacerdote (pagano) de Calata, se lamentaba el emperador del imparable crecimiento del cristianismo, debido a sus “cualidades morales, aunque ficticias” y a su “benevolencia con os extraños y su cuidado de las tumbas de los muertos”. En otra carta, escribe: “pienso que cuando los pobres fueron olvidados y rechazados por nuestros sacerdotes, los impĂos galileos lo vieron y decidieron dedicarse ellos”. “Los impĂos galileos -añade- no ofrecen apoyo sĂłlo a sus pobres sino tambiĂ©n a los nuestros; todos ven que nosotros no cuidamos de nuestra gente”
Juliano odiaba a los “galileos”, pero reconocĂa la eficacia de ese sorprendente estado de bienestar que habĂan logrado llevando a la práctica el mandamiento de la caridad cristiana. AsĂ superaban el miedo al sufrimiento y a la muerte.
El testimonio de los primeros cristianos, alentados por sus Pastores, nos sorprende y nos llena de admiraciĂłn. Y sobre todo, nos plantea la duda sobre si la primera reacciĂłn de personas de fe tendrĂa que ser siempre el miedo. Ellos no han inventado las epidemias; ellos han aportado un estilo nuevo de vida, capaz de sobrellevar con alegrĂa todas las dificultades humanas.
(Basado en Rodney Stark, Epidemics, Network ad the Rise of Christianity, en Semeia, 56, 1992, pp 159-175).