En estos dĆas en los que se han presentado las claves pedagógicas de la LOMLOE se estĆ” repitiendo como un mantra que la ley CelaĆ” es revolucionaria porque abandona el aprendizaje memorĆstico enciclopedista de la ley Wert para optar por un aprendizaje basado en competencias que sirva verdaderamente para la vida. MĆ”s allĆ” del debate comparativo entre una ley y otra, merece la pena reflexionar sobre el valor del aprendizaje de contenidos y del uso de la memoria.
Llevamos muchas dĆ©cadas minusvalorando el aprendizaje de conocimientos y el uso de la memoria desde distintas claves pedagógicas. En la actualidad el mĆ”s oĆdo entre los propios jóvenes es que no tiene sentido un aprendizaje de conocimientos cuando tenemos al alcance de un click toda la información que necesitamos. ĀæPara quĆ© memorizar las rutas de carreteras cuando podemos obtener la ubicación en google maps y elegir el camino mĆ”s rĆ”pido para ir a cualquier lugar? ĀæPara quĆ© aprender un idioma si hay muchos y buenĆsimos programas informĆ”ticos de traducción? ĀæPor quĆ© memorizar datos que voy a tener constantemente actualizados al alcance de mi mano en Wikipedia?
Esta revolución tecnológica estÔ provocando que el ser humano tenga parte de sus capacidades en dispositivos electrónicos externos que, en realidad, son una prolongación de él mismo. Un móvil guarda nuestros contactos personales, pero es también el medio por el que nos relacionamos con esas personas. El reconocimiento personal nos viene en forma de likes. Nuestra memoria tiene muchos gigas o teras, pero estÔn fuera de nuestro cerebro. Y sin embargo son nuestros, pues ahà tenemos nuestros recuerdos, nuestras creaciones, nuestra formación.
En verdad estamos ante un cambio antropológico de primera envergadura. Por eso el uso de la memoria es uno de los aspectos de nuestra humanidad que estÔ en juego. No estamos ante una simple cuestión pedagógica. Es un tema que va mÔs allÔ de la escuela, que trasciende cualquier ley educativa.
Lo primero que tenemos que tener en cuenta es cómo funciona nuestro cerebro. Nuestra memoria no es un cajón que voy llenando de conocimientos, para los que puedo encontrar un trastero externo si ya no me caben mÔs. Nuestra mente funciona de otra forma. Los conocimientos que retengo en mi memoria, se parecen mÔs a los ingredientes de un plato de cocina. Los recibo, pero luego se convierten en los ingredientes de un suculento manjar, en algo distinto a los propios elementos. En mi interior, a fuego lento, con otros ingredientes previos, sufren un proceso de transformación, de interiorización y metabolización que acaban transformÔndome a mà mismo. La memoria, el recuerdo, la resonancia que tiene lo que aprendo, es parte de ese proceso de maduración humana e intelectual que jamÔs se realiza con una memoria externa en un USB, por muchos teras que tenga. No es una mera cuestión de dependencia o no de las mÔquinas lo que estÔ en juego, sino de cómo nos configuramos nosotros mismos.
La memoria es esencial para la maduración intelectual de la persona. Y lo es para todo un pueblo que no puede dejar de recordar todo lo que ha vivido si no quiere dejar de ser él mismo. Esto tiene una implicación muy especial en el Ômbito de la enseñanza religiosa en la escuela y de la transmisión de la fe en la familia y la parroquia. Es el ShemÔ Israel y el recuerdo de las maravillas que Dios hizo lo que mantiene la conciencia al pueblo elegido a lo largo de la Historia.
Sin memoria no hay conciencia de historia de salvación. Sin recuerdo colectivo no hay autĆ©ntico pueblo que trasciende el momento actual y se une con el pasado y el futuro. Es precisamente Ć©sa la llamada que el papa Francisco estĆ” haciendo a los jóvenes para que no crezcan sin raĆces. Necesitamos memoria de la historia y de la geografĆa, porque somos seres ubicados en el espacio y en el tiempo, no virtuales.
Evidentemente harÔ falta hacer una selección correcta de contenidos que los alumnos tienen que aprender y, sobre todo, habrÔ que aportar a los alumnos principalmente claves de interpretación de la realidad que les permitan desarrollarse en las distintas circunstancias en las que vivan. Pero todo ello no se ha de hacer en detrimento de los conocimientos y de la memoria, sino en una mutua sinergia que lleve a la maduración de la persona. Por ello un aprendizaje para la vida, desde las competencias clave, no ha de oponerse a la adquisición de conocimientos.
Hemos de prevenir ese Alzheimer espiritual antes de que la misma pƩrdida de la memoria nos haga olvidar que necesitamos de esa memoria y se difuminen paulatina e irremediablmente los contornos de nuestra identidad.